Frases prohibidas: “Estoy muy liado”

LIADO

Pregúntale a alguien que qué tal está. Hay dos respuestas bastante más comunes que otras: “bien” (dicho automáticamente) y “Estoy muy liado, con mucho curro”.

Me pregunto qué es lo que pasará por la cabeza de la persona que contesta “estoy muy liado” a la pregunta de ¿Cómo estás? El mero hecho de comunicarle esto a un interlocutor – y hacerlo con todas las personas con las que se habla durante un día – tiene que tener alguna explicación.

Supongo que estas son algunas de las razones que explican esta contestación:
a) Hacerle saber al otro que uno trabaja mucho. Hemos de suponer que eso justifica su presencia entre nosotros y debiéramos tenerle admiración y profesarle un profundo reconocimiento.
b) A menos que ante esta contestación, el otro u otra contestara “Yo también estoy muy liado”, se está dando a conocer “que yo trabajo más que tú. Lo tuyo es un juego al lado de lo que yo hago”.
c) La persona que contesta “ estoy muy liado” quiere también hacerle entender a la otra persona que no en ese momento no está para tonterías y prevenirnos de lo inadecuado que sería que lo que vayamos a contarle sea una de ellas.

Algunas personas han incorporado enfermizamente “estoy muy liado” como contestación al educado, retórico ¿Cómo estás? y lo hacen, además, con un tono de voz ansioso, lo cual añade, indudablemente, mucha credibilidad a su contestación.
Lo curioso es que muchas de estas personas son profesionales en decir que están muy liadas y profesionales en perder el tiempo contando lo liadas que están.

Les pido que sustituyan “Estoy muy liado” por una amable sonrisa y un retórico “bien” o un expresivo de p.m. o simplemente contesten al ¿Cómo estás? con un “Impresionante” (este es el que he elegido yo y me da muy buenos resultados. Y la verdad es que estoy impresionante)

Necesitamos personas tranquilas y no excesivamente liadas. Para que puedan pensar antes de actuar.
¡Viva el Partido del Sentido Común!

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Círculos

Circulo Vicioso

El otro día mi hija y yo nos enzarzamos en una discusión que tenía pinta de no acabarse. Nos reprochábamos uno al otro y aquello iba de mal en peor. Le dije que nuestra conversación se había convertido en discusión y en pelea dialéctica de altas proporciones porque nos habíamos metido en un círculo vicioso, que es lo mismo que decir que lo que mal empieza y mal sigue, mal acaba. Así pues, le sugerí que rompiéramos ese círculo vicioso y empezáramos de nuevo para crear otro círculo, que esta vez fuera virtuoso.

“Si tú me tratas con cariño es probable que yo te responda con cariño. Si tú tienes paciencia conmigo es más posible que yo sea paciente contigo. Si estoy enfadado y te pones en mi lugar, te lo agradeceré”. Seguimos enfadándonos, pero hemos creado un sistema de detección que nos hace romper los círculos viciosos y transformarlos en virtuosos. Es genial (mi hija y este enfoque).

Mi amigo Ángel me dice que le parece un buen invento y que lo va a utilizar. Pero he descubierto que hay muchos que no quieren oír hablar de círculos virtuosos ni ser condescendientes con los que pudieran errar. Lo esquizofrénico de esto es que los círculos viciosos son necróticos, malos para todos.

Pensar y actuar para crear círculos virtuosos permite que el padre, profesor y alumno trabajen en beneficio conjunto. Que el jefe y el subordinado estén deliberadamente construyendo y aportando lo mejor de sí mismos. O que el cliente y el proveedor establezcan una relación en la que ambos ganen.

Puede ocurrir que en el intento de crear círculos virtuosos nos topemos con interlocutores que no los desean o que sólo entienden sobre frentismos y relaciones de ganadores y perdedores. En ese caso lo mejor es que no haya círculo, hay que romper la relación si es posible y cuanto antes, mejor.

En las Cortes Generales, el sitio donde están nuestros representantes, son expertos en crear poca virtud, quizás sea porque hay mucho vicio.

En el Partido del Sentido Común tendremos como eje vertebrador la creación de círculos virtuosos. Y seremos rápidos en romper los que sean viciosos.

¡Viva el Partido del Sentido Común!

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Dos categorias de jefes pecadores

Escribí el libro “Los diez pecados capitales del jefe” (Editorial Almuzara) porque el que manda sobre otro (el jefe) tiene la posibilidad de que el mandado (el subordinado) consiga ser productivo y feliz y también todo lo contrario.

Lamentablemente hay más de lo segundo que de lo primero. Y pocos, muy pocos son los jefes que se preguntan sobre cómo podrían conseguir que sus subordinados fueran más productivos y felices. Normalmente prefieren calificar a sus subordinados entre buenos y malos (¿es fulanito bueno? ¿es menganita mala?)

Sigo prestando mucha atención al tema de los jefes, me apasiona. Hay dos tipos de jefes que proliferan y sobre los que quiero advertir: creo que sería más útil una campaña sobre esto que sobre la Gripe A. Un mal jefe es contagioso en la organización y puede producir trastornos a sus subordinados (o empleados como él prefiere nombrarlos) que pueden llegar a durar muchos años.

Los dos tipos de jefes son: los ignorantes y los que saben mucho y se creen superiores. Los primeros no saben y en cambio creen que sólo por ser jefes deben saber de todo. Imaginate el cuadro: un jefe diciendo lo que hay que hacer y quien rechiste a la p.c (puta calle). No escuchan y ellos llegan a las conclusiones más rotundas con argumentos de sólido peso (tipo “la gente quiere…”).

Los segundos (los que saben y se creen superiores) son efectivamente más listos que el resto de los mortales. Tienen mayor visión, son más rápidos, aprenden a una velocidad reservada a los más dotados e inteligentes. Conscientes de ello, se creen superiores a los demás. Y tratan a los que les rodean como seres inferiores.

A unos y a otros les dedicaré próximas entradas.

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