Irrelevante

Mi hija me pregunta otra vez si creo en Dios.

La primera vez que lo hizo – hace ya algo más de un año – le contesté que no estaba del todo seguro. Ella, sin esperar a que yo le devolviera la pregunta, me dijo que tampoco estaba segura si creía en Dios. Lo dijo con un tono cómplice a la vez que preocupado.

Nuestra conversación no fue mucho más allá, su comentario espontáneo y sincero me produjo tanta hilaridad que nos reímos juntos durante unos minutos y el contenido de la pregunta paso al olvido.

Hace unos días fuimos juntos de viaje, ella y yo solos. Fue en Córdoba cuando me volvió a preguntar – bueno, ¿crees en Dios? – .

Volví a contestarle lo mismo: “No estoy seguro”, pero a continuación le expuse una tesis que hace unos días compartí con Pepe mientras nos hallábamos filosofando: “En realidad creer o no creer en Dios es irrelevante”.

Mi comportamiento no va a variar en función de si creo o no creo en Dios. No voy a ser más generoso, ni mejor ni peor persona si creo o no creo en Dios. A mi hija le dije que si uno fuera a comportarse mejor por la mera existencia de Dios habría que atribuirle cierto grado de miserabilidad y calificarle como miedoso.

Son muchos  los que justifican sus maléficos y nocivos  actos basándose  en la existencia de un dios y son otros muchos los que justifican sus actos por todo lo contrario. Y son muy poderosos y malos  los que nombrando a un dios pretenden hipnotizar a sus conciudadanos para destrozarles la vida y conducirles a la destrucción del vecino convertido en enemigo.

Supongo que un buen cristiano, judío, budista o musulmán será bueno por casi lo mismo. Supongo que cualquiera de ellos puede acudir con frecuencia a su templo y ser, en cambio, perjudicial para quienes les rodeamos.

Así pues, unos creerán en Dios, otros no lo harán y otros estaremos algo inseguros. ¿Qué más da? Eso es irrelevante. Lo importante es lo que se haga con las ideas.

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