En qué

Se han instalado dos corrientes de pensamiento con relación al gasto público. Es el tema del que de repente saben todos los tertulianos de todas las radios y teles de la piel de toro.

Unos dicen que debemos ahorrar mucho, muchísimo para conseguir cumplir nuestros objetivos de déficit. Los que abogan por esta corriente de pensamiento dicen que nadie debería gastar lo que no tiene y que, además, en caso que no cumplamos, los temidos mercados arrasarán con nuestra credibilidad y nos conducirán por los más oscuros paisajes y pasajes que jamás hayamos podido imaginar.

Otra corriente de pensamiento dice que ya hemos ahorrado y que el ahorro lleva a una contracción de la economía que conduce a un aumento del paro, a la destrucción de la economía del bienestar. Si seguimos ahorrando y no gastamos, dicen, no pondremos en marcha la economía y, por lo tanto, no se generará riqueza ni puestos de trabajo.

Es muy interesante escucharles. Pero es muy triste sentirse tan lejos. ¿Por qué no nos dicen unos y otros en qué vamos a ahorrar o en que gastaríamos lo que no tenemos?

No podemos imaginar una empresa, una economía familiar cuya gestión se sustanciara en decisiones tan poco tangibles, comprensibles como “ahora vamos a gastar o ahorrar mucho”. Sin más. Cualquiera le preguntaría al iluminado directivo o jefe de la familia “¿En qué?”.

Si vamos a ahorrar en coches oficiales (y esto no es demagogia, es dinero y muchos chóferes esperando a que un director general salga del trabajo para llevarle a casa), reducir o cambiar a funcionarios públicos de sitios donde son improductivos para llevarles a otros (escuelas, hospitales, centros de investigación. En estos sitios vendrían de maravilla personal de apoyo administrativo, de ayuda en las operaciones diarias), gastar menos en traductores en el Senado, viajes, edificios, subvenciones a las televisiones públicas, aeropuertos, carreteras innecesarias, hagámoslo.

Si vamos a gastar en algo que haga que nuestras empresas lo hagan mejor para que nuestro país sea más competitivo, hagámoslo. No gastemos en aceras, polideportivos faraónicos, no hagamos Planes E.

La idea no puede limitarse a decidir si ahorramos o gastamos. La idea es saber en qué ahorramos y en qué gastamos. No pedimos mucho, es lo mismo que le pedimos al director financiero, al presidente de la comunidad de vecinos o al pariente o parienta de turno.

Paren, por favor, de hablar como nadie hablaríamos de las cuentas de nuestra comunidad de vecinos, de nuestra empresa o nuestra casa. Háganlo con un poquito más de concreción, claridad y sobretodo sentido común.

¡Viva el Partido del Sentido Común!

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Categoría: General