Tonterías

Hace tiempo que escuchamos en una emisora de radio a unos tertulianos comandados por Isabel Sebastián decir tonterías. O eso nos pareció.

“La palabra de un guardia tiene más valor que la mía, ¡es increíble!”, decía indignado el tertuliano, que continuaba..”El testimonio del guardia prevalece al mío. Si me multan por una cosa que yo no he hecho y el guardia dice que la he hecho, el juez le cree a él”. El resto de tertulianos se solidarizaban con esta afirmación, representando así de forma coral a un conjunto de hombres y mujeres sesudas que reivindicaban que su opinión valía lo mismo que la de la autoridad competente.

Tertulianos respetables, cultos, inteligentes.. que juntos pueden llegar a estar de acuerdo con lo que desde el Partido del Sentido Común nos parece una tontería y que quizás a ellos individualmente también se lo parezca.

Suponemos que debemos asumir que la palabra del profe vale más (o debiera valer más) que la del alumno. La palabra del padre, del jefe vale más que la del hijo o del subordinado.

Si la valoración de un guardia ante una supuesta infracción valiera lo mismo que la de un conductor, si la palabra del alumno valiera igual que la del profesor ante una posible falta de conducta, si la opinión del hijo tuviera el mismo valor que la del padre o madre en la familia..no habría manera de organizarse ni de exigir una cierta y maravillosa disciplina.

Eso sí, señores contertulios, la opinión del modesto oyente tiene el mismo valor que la suya, pero cuenta con un altavoz muy disminuido con respecto al que Vds. utilizan. Por eso, sus tonterías suenan más alto, más fuerte y más tontas.

La palabra de la mujer vale más que la del hombre, que para eso las señoras mandan en casa. ¿O es que en la tuya no?

¡Viva el Partido del Sentido Común!

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Efecto halo

En alguna medida, todos somos tanto víctimas como propiciadores del efecto halo.

Este efecto consiste en atribuir una serie de características a una persona partiendo de un primer rasgo. Solemos calificar y clasificar a una persona por cómo viste, habla, anda, escribe o gesticula. Partimos de una mísera información a partir de la cual nuestra imaginación, nuestro efecto halo, va atribuyendo cosas positivas y negativas a quien apenas conocemos.

Hay quienes son capaces de sugerir que conocen a una persona sólo por verla en la televisión una decena de ocasiones y decir con seguridad si es incluso buena o mala persona.

Traemos el efecto halo al espacio del Partido del Sentido Común por sendas anécdotas que nos ocurrieron en dos de las más importantes empresas de distribución de moda: El Corte Inglés (no tiene Twitter) y Cortefiel (@Cortefiel_es)

Fuimos en búsqueda de algún último chollo en las rebajas.Fue el pasado sábado en Madrid (@TurismoMadrid). Tal como solemos hacer cualquier fin de semana, vestimos con normalidad, discretamente, incluso de forma modesta, ropas que a nuestro juicio debieran pasar inadvertidas, que no invitaran a la clasificación.

En ambos lugares preguntamos a los dependientes -una de menos de 30 en El Corte Inglés y otro de más de 50 en Cortefiel – sobre información relativa a los artículos que queremos comprar (unos trajes).

Somos (bordeamos los 50 tacos) sorprendentemente tratados con un coloquial, desenfadado “tu” en vez de un aparentemente más respetuoso y apropiado “Vd.”. Eso nos ocurre con mucha frecuencia y nos gusta muchísimo. Preferimos ser tratados con confianza que con distancia. Aunque debemos decir que el tono de estos dos dependientes se acercaba más a las displicencia que a la confianza.

Estamos necesitados de ropa – hace tiempo que no comprábamos – y en ambos sitios nos decidimos por realizar la compra. En ese mismo momento, en el que manifestamos nuestra decisión por comprar lo que previamente nos habíamos probado, pasamos a ser automáticamente tratados por un respetuoso Vd. Tanto en un sitio como en otro.

Está claro que nuestra apariencia debe despertar una más que clara sospecha que no tenemos intención alguna de comprar y sólo de fisgar. Y esa apariencia es, al parecer, castigada con un supuestamente tuteo despreciativo.

Una vez que las palabras “me lo quedo” y el simultáneo gesto sacando una tarjeta de crédito se hacen todo en uno, el dependiente entiende que quien está delante pasa a otra categoría, el automatismo se pone en marcha y uno es tratado de Vd.

Realmente gracioso, aunque quizás – eso nos parece – poco profesional. Muy de nuestros días en los que una simple opinión hace que uno sea clasificado en un bando o en otro. En este espacio ya fuimos insultados y clasificados como fachas y como rojos en función de lo que en algún comentario hayamos escrito.

Como decíamos, gracioso (por decir algo) pero poco profesional. ¿Te suena?

¡Viva el Partido del Sentido Común!

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No os quejéis

Dice la pequeña Blanca, trece años: “No os quejéis, que nos vais a dejar esta crisis a nosotros”. Sabemos, porque la conocemos bien, que Blanca no tiene mucha idea sobre economía ni de reformas..pero tiene un gran sentido común.

Lee lo que sigue diciendo esta joven amiga del Partido del Sentido Común: “Lo que tienen que hacer es educarnos mejor. Con muy buena educación, nosotros seremos capaces de saber lo que hacer con la crisis”.

Le pedimos que nos lo repita y los que la rodeamos la aplaudimos mientras damos cuenta del segundo plato. Estamos completamente de acuerdo.

Lo de la educación es de las cosas más fáciles de solucionar. Eso sí, exige unas cuantas premisas básicas que son indispensables para todo, especialmente en esta materia: nada de individualismos, nada de ideología, objetivos claros y consensuados y un hilo conductor: el sentido común.

Dice un nuevo amigo del Partido del Sentido Común, Santiago, profesor y directivo de colegio además de una persona con una enorme experiencia en este ámbito que “los problemas de la educación tienen este orden de prelación: los padres tóxicos y dañinos, el abandono de la cultura del esfuerzo y la escasa resiliencia”.

Nos dice nuestra querida amiga N -que también es profesora – que los colegios “tienen que vencer a la inercia y ser valientes”. “Se sabe poco de cuál es la verdadera vida del profesor. No se propicia que los profesores trabajemos en equipo y, en cambio, se sigue fomentando nuestro autonomía delante de unos niños que se creen absolutamente todo lo que les decimos. A mí ,- sigue diciendo esta excelente profesora – me gustaría que me dijeran si lo hago bien o mal, que me ayudaran a mejorar.”.

A nuestra querida amiga Blanca, le damos las gracias por inspirarnos con su frase que pudiera parecer que está cargada de ingenuidad – la propia de una niña de trece años hablando de estos temas – y en realidad está cargada de sencillez, inteligencia y nuestra medicina preferida, mucho sentido común.

Le pedimos a los que nos gobiernan que dediquen más inteligencia (quizás también recursos que están siendo utilizados ineficazmente en otros sitios) y le hagan caso a nuestra amiga. Todos les daremos mucho las gracias y ellos se sentirás bien. Un círculo virtuoso.

¡Viva el Partido del Sentido Común!

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Buenismo o bonhomía

Nos acercamos a una pequeña librería del centro de Madrid. Entablamos conversación con el librero y hablamos sobre los libros que más se compran. “Los best sellers y los libros de auto ayuda”, nos dice el buen hombre.

¿Por qué se venderá tanto libro de auto ayuda?, le preguntamos. “Estamos mal, la sociedad está mal” nos responde. Echamos un vistazo a la gran sección de libros de auto ayuda.

Quizás sea que buscamos la solución fuera de nosotros, cuando la solución está en nosotros. Quizás buscamos mensajes que nos alienten a ver la vida de un color de rosa, cuando los colores de la vida se tiñen de colores muy variados y en muchas, muchísimas ocasiones de tonalidades oscuras con las que hay que aprender a convivir dignamente e incluso – ¿por qué no? – alegremente.

Es probable que busquemos acortar la búsqueda a través de caminos tramposos y pretendemos que unos libros peor que mejor escritos nos den las diez claves de la felicidad o las cien maneras para afrontar la vida de una forma optimista.

Ángeles Caso escribe un maravilloso artículo en el se puede leer “O tal vez porque, a estas alturas de mi existencia, he vivido ya las suficientes horas buenas y horas malas como para empezar a colocar las cosas en su sitio. Será, quizá, porque algún bendito ángel de la sabiduría ha pasado por aquí cerca y ha dejado llegar una bocanada de su aliento hasta mí. El caso es que tengo la sensación -al menos la sensación- de que empiezo a entender un poco de qué va esto llamado vida.” (Paloma, gracias por compartirlo). Gestionar esto llamado vida no se gestiona ni con uno ni con diez manuales.

Esos libros están cargados de buenismo como muchas de las conversaciones comunes que mantenemos . “Lo importante es sonreír” “Hay que mirar la vida con una actitud positiva”…”Pensamos en todas las personas…” y unas cuántas frases más, vacías, cargadas de buenas intenciones, de un recurrente buenismo. Eso sí, es mejor el buenismo que el malismo, que conste.

Muchos sacerdotes (los menos) mandaron mensajes buenistas mientras abusaban de niños. La Iglesia demostró con su tardanza en reaccionar que su bonhomía estaba lastrada, quebrantada.

Muchos políticos, amigos, nosotros mismos mostramos grandes diferencias entre lo que pensamos, lo que decimos y lo que hacemos. Practicamos profesionalmente el buenismo, y no necesariamente la bonhomía

Deberemos poner el acento (que para eso lo tiene) en la bonhomía y no en el buenismo. Deberemos dejar de hablar para ponernos a actuar. La etimología de ambas palabras ya dice mucho, ¿no crees?

¡Viva el Partido del Sentido Común!

Diferenciamos entre los libros de auto ayuda y los libros de psicología y filosofía aplicada. Nuestros respetos a Marina, Savater, Hesse, Cury, Frankl, Gladwell, Goleman, Russell, Aierly por mencionar a unos de los muchos autores que nos han ofrecido una compañía rica y estimulante.

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Colaborar

Estuvimos en el restaurante Rafael en Lima hace ya casi un año. Fuimos solos y entablamos conversación con el administrador de la sociedades del restaurador Rafael Osterling (el de la foto).

Le preguntamos por el secreto que hacía que el restaurante estuviera lleno, a pesar de ser un restaurante caro (y la comida está bien, pero no es para tanto). El administrador nos dijo que según su jefe, ese milagro era posible gracias al ambiente que los clientes fabricaban. “Sin este ambiente, sería imposible. Clientes y camareros colaboran juntos para propiciar este contexto que hace que todo fluya” vino a decirnos más o menos el administrador, mientras disfrutábamos viendo a los clientes que no paraban de entrar.

Colaborar es fuente de sentido común. Los clientes del restaurante no son unos estirados que hablan displicentemente a los camareros. Y los camareros no regatean ningún esfuerzo para complacer a sus clientes.

Los que no conocen la potencia del verbo colaborar, tratan a sus proveedores con superioridad y consiguen tener en vez de buen servicio a unos desgraciados serviles. Los del Partido del Sentido Común hemos sufrido el menosprecio de algún cliente que, lógicamente, hemos perdido sin habernos callado antes.

Los que no conocen la bondad del verbo colaborar son tan incapaces de generar un buen ambiente en un restaurante como llegar a entender – es demasiado complejo para ellos – que muchas veces perder es ganar.

Nos encontramos con una compañera de yoga y nos dice que acude todos los días a clase, que hace meditación y….todo lo que encuentre para encontrarse mejor. Necesita de lo que ella llama “esos recursos” para vencer unos malos tiempos.

“Lo estoy pasando mal, muy mal nos dice. Es por mi trabajo, soy profesora. Doy clases a niños de diez años y este año me ha tocado un grupo de niños que no tienen límite. Hay años con grupos buenos, otros años grupos no tan buenos y este año es el peor…” dice con serenidad al tiempo que con una profunda pena.

No entendemos que eso pueda ocurrir. Sabemos donde está el problema, lo hemos visto demasiadas veces. El problema está en los que no quieren colaborar. “¿Y los padres?”, le preguntamos.

“Eso es lo peor. Me han quitado la autoridad, puedo entender que no les guste por la razón que sea, pero no que sean los que propicien la actitud de sus hijos”.

Imagínate a esos padres, quejándose de la profesora delante de sus hijos de diez años. Animando a sus pequeñas bestias a atacar a la maestra que criticarán sin piedad.

Son pobres hombres y mujeres a los que el sonido de la alarma por la mañana es el equivalente a una llamada a la batalla en la que se sale a derribar al adversario, al precio que sea. Lo demás son, para ellos, ñoñerías y una mentira buenista. Combinar las palabras colaborar y sobrevivir les es imposible.

Nosotros seguimos.

¡Viva el Partido del Sentido Común! y esta profesora que conocimos

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Pepe

Los del Partido del Sentido Común no somos grandes aficionados al fútbol. Estamos muy sensibilizados por la capacidad del fútbol en influir en los ciudadanos y especialmente los niños . La enorme influencia de futbolistas, periodistas deportivos, entrenadores, directivos sobre una buena parte de los ciudadanos es indudable.

Los aficionados de uno y otro bando utilizan los argumentos que sus ídolos dicen, repitiéndolos sin pudor. La falta de objetividad es la constante. Los aficionados son capaces de criticar un acto realizado por el adversario y elogiar el mismo acto si es cometido por el club que respaldan.

Si un independiente se ríe de su infantilismo, se cabrean.

Nos gusta asemejar un equipo de fútbol con otra organización cualquiera, por ejemplo, un partido político. Los comportamientos negativos de un político pueden ensuciar al conjunto del partido. Por eso, nunca entendimos la complacencia de R con algunos de sus secuaces. No es importante si son condenados o no, importa la legitimidad (que no tiene porque coincidir con la legalidad) de sus actos.

Nos gusta el paralelismo de un equipo de fútbol y una empresa. Las empresas que permiten la existencia de directivos corruptos o cuyos comportamientos sean indeseables, favorecen que esos comportamientos se extiendan por la propia empresa y por todo el ecosistema.

Desde el Partido del Sentido Común sugerimos que en la organizaciones deben prevalecer la gente de bien, gente normal, gente responsable, gente que sepa gobernar sus propios actos para que sirvan de estímulo para el resto de quienes les vemos y rodeamos.

A aquellos que con sus actos nos conducen por el camino equivocado, debemos expulsarles.

Pepe juega en el equipo más laureado de la historia del fútbol español, el Real Madrid. Pepe es incompatible con el fair play, por lo que entendemos que es el espíritu de un deportista y representa un evidente daño para nuestra sociedad. Creemos que es muy recomendable que sea invitado a salir del equipo y a habitar lejos de estos lares civilizados.

Los chavales que ven a actuar a Pepe saben que uno puede pegar en el suelo a un contrario con saña y es posible volver jugar al fútbol. Los chavales que ven actuar a Pepe pueden llegar a creer que pegar violentamente, pisar a un adversario es una buena forma de actuar. Los chavales que vean actuar a Pepe y repitan las imágenes de quien para muchos se está convirtiendo en un ídolo, pueden ser un peligro para los demás.

Échale un vistazo a este vídeo que anima a Pepe a seguir siendo como es.

La verdadera Responsabilidad Social de las empresas empieza por la acción de sus integrantes, que suponemos que deberá ser consistente con los valores que la empresa representa. ¿Representa Pepe los valores del Real Madrid?

Esperamos, estamos seguros que no.

¡Viva el Partido del Sentido Común!

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En qué

Se han instalado dos corrientes de pensamiento con relación al gasto público. Es el tema del que de repente saben todos los tertulianos de todas las radios y teles de la piel de toro.

Unos dicen que debemos ahorrar mucho, muchísimo para conseguir cumplir nuestros objetivos de déficit. Los que abogan por esta corriente de pensamiento dicen que nadie debería gastar lo que no tiene y que, además, en caso que no cumplamos, los temidos mercados arrasarán con nuestra credibilidad y nos conducirán por los más oscuros paisajes y pasajes que jamás hayamos podido imaginar.

Otra corriente de pensamiento dice que ya hemos ahorrado y que el ahorro lleva a una contracción de la economía que conduce a un aumento del paro, a la destrucción de la economía del bienestar. Si seguimos ahorrando y no gastamos, dicen, no pondremos en marcha la economía y, por lo tanto, no se generará riqueza ni puestos de trabajo.

Es muy interesante escucharles. Pero es muy triste sentirse tan lejos. ¿Por qué no nos dicen unos y otros en qué vamos a ahorrar o en que gastaríamos lo que no tenemos?

No podemos imaginar una empresa, una economía familiar cuya gestión se sustanciara en decisiones tan poco tangibles, comprensibles como “ahora vamos a gastar o ahorrar mucho”. Sin más. Cualquiera le preguntaría al iluminado directivo o jefe de la familia “¿En qué?”.

Si vamos a ahorrar en coches oficiales (y esto no es demagogia, es dinero y muchos chóferes esperando a que un director general salga del trabajo para llevarle a casa), reducir o cambiar a funcionarios públicos de sitios donde son improductivos para llevarles a otros (escuelas, hospitales, centros de investigación. En estos sitios vendrían de maravilla personal de apoyo administrativo, de ayuda en las operaciones diarias), gastar menos en traductores en el Senado, viajes, edificios, subvenciones a las televisiones públicas, aeropuertos, carreteras innecesarias, hagámoslo.

Si vamos a gastar en algo que haga que nuestras empresas lo hagan mejor para que nuestro país sea más competitivo, hagámoslo. No gastemos en aceras, polideportivos faraónicos, no hagamos Planes E.

La idea no puede limitarse a decidir si ahorramos o gastamos. La idea es saber en qué ahorramos y en qué gastamos. No pedimos mucho, es lo mismo que le pedimos al director financiero, al presidente de la comunidad de vecinos o al pariente o parienta de turno.

Paren, por favor, de hablar como nadie hablaríamos de las cuentas de nuestra comunidad de vecinos, de nuestra empresa o nuestra casa. Háganlo con un poquito más de concreción, claridad y sobretodo sentido común.

¡Viva el Partido del Sentido Común!

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