Procedimiento

Recientemente, dos mujeres me han enseñado que si se quiere se puede. No, perdón, esa es una frase hecha.

Vuelvo a empezar, te reitero mis disculpas.

Recientemente, dos mujeres me han enseñado que si una persona procede a un autodiagnóstico sincero, detecta áreas de mejora (esto es un eufemismo. Se trata, en realidad, cosas que estaban haciendo rematadamente mal), se pone a cambiar lo que hay que cambiar de forma silenciosa y con mucho trabajo, podrá finalmente reconocer su esfuerzo y observar lo avanzado y seguir mejorando.

En definitiva que si quieres, puedes.

Es probable que pienses que esto es una tomadura de pelo, que lo del querer y el poder está ya muy manido y que esperabas algo más de chicha, precisamente hoy. Lo siento.

A cada una de estas dos mujeres, una peruana y otra compañera del trabajo les he expresado mi admiración y mi sorpresa. Ninguna de las dos parecen ser conscientes de su hazaña, que para mí lo es.

Mi amiga peruana dice que era una persona inflexible. Mi compañera de trabajo dice que era una persona con muy mal humor. Ambas detectaron que no les convenía convivir con sus sendas características y decidieron trabajar y superarse.

Ambas han conseguido – según ellas mismas dicen – mejorar. Quien suscribe no detecta esa inflexibilidad ni ese mal humor que ya deben ser pretéritos. Y ambas, estando satisfechas, dicen que tienen mucho que mejorar.

Autodiagnóstico – actuar – evaluar – actuar -…., eso es lo que tanta veces nos han enseñado en nuestros trabajos, en los manuales de procedimientos…y tan pocas veces aplicamos a nuestra propia vida.

Supongamos que soy Zapatero. Sería fácil detectar que debo mejorar la calidad del contenido de lo que digo y evitar decir palabras vacuas. Sería fácil detectar mi miedo a rodearme de personas capaces aunque pudieran serme incómodas. Sería fácil darme cuenta que me he equivocado y mucho. .

Supongamos que soy Zapatero y he hecho este ejercicio de autodiagnóstico. Ahora trabajaría en diferenciar entre palabras huecas, voluntaristas y la transmisión de información relevante y verdadera. Me daría cuenta que me debo al país y no a mi comodidad y trabajaría en tener el mejor equipo. Reconocería mis fallos y pediría disculpas por ellos.

Supongamos que soy Rajoy. Sería fácil detectar, muy fácil que no soy el líder que mi partido espera. Y sé que hay compañeros más capacitados que yo. Sería fácil saber que a los españoles no nos gustan los corruptos en las listas (tampoco en las del PSOE) y que llevarlos no está bien. Sería fácil expulsar de la organización a aquellos con los que un partido democrático no debe estar.

Supongamos que soy Rajoy y he hecho este ejercicio de autodiagnóstico. Ahora buscaría alguien que me reemplazara y le apoyaría sinceramente. No permitiría a nadie que estuviera imputado en las listas y, finalmente, detectaría a aquellos que hacen daño a la esencia democrática de mi organización y los expulsaría.

Somos demasiados los que hacemos de Zapatero y Rajoy (bueno, tan mal no) y no somos capaces de autodiagnosticarnos sinceramente, trabajar en mejorar, evaluarnos y seguir trabajando.

Por eso, queridas amigas, os admiro tanto.

¡Viva el Partido del Sentido Común!

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Dios y las personas

Creer en Dios es irrelevante. Quien quiera creer en Dios que crea, quien no quiera creer en Dios que no lo haga.

Debería ser fácil que los que creen en Dios convivieran sin ninguna dificultad con aquellos que no creemos. Debería ser fácil que aquellos que creen en un Dios y sus normas pudieran convivir con los que creen en otro Dios y sus respectivas normas.

Para los del Partido del Sentido Común lo único relevante es creer en las personas.

Este modesto bloguero no cree en Dios, pero cree en las personas. A aquellos muy creyentes que me dicen que no pueden entender cómo puedo vivir sin creer en Dios, siempre les contesto que puedo sobrevivir porque creo en las personas. ¿De qué me valdría creer en Dios, sino creo en las personas? Creo que se puede vivir en paz sin creer en Dios, no se puede vivir en paz sin creer en las personas.

Escuché recientemente que se puede decir, comentar, preguntar de casi de todo siempre y cuando se diga bien. Y creo que además de decirlo bien, valoramos quién dice las cosas. Es mejor que lo diga el Padre Ángel que que lo diga Leo Farache. Por razones obvias.

El Padre Angel, Presidente de Mensajeros de la Paz, Premio Príncipe Asturias fue conferenciante del Primer Congreso Internacional de la Felicidad organizando por el Instituto Coca-Cola de la Felicidad.

No había visto hasta la semana pasada una entrevista que mi compañera Ane Sobera le hizo y que recientemente se ha publicado en IM Channel y a cuyo vídeo puedes acceder clickando en la imagen de arriba. El Padre Ángel dice que los creyentes juegan con una ventaja a la hora de ser felices porque creen en Dios y también creen en las personas. También dice que los no creyentes podemos ser felices porque supone que también creemos en las personas.

Gracias, Padre Ángel por aceptar la invitación de este humilde servidor en nombre de Coca-Cola a ese Congreso Internacional de la Felicidad. Gracias, Padre Ángel, por ayudarnos a entender cómo convivir mejor.

Sí, deberíamos poder convivir en todos los órdenes de la vida: religiosos, empresariales, familiares, políticos. Es condición necesaria y quizás suficiente que para eso ocurra, se crea en las personas.

Zapatero, Rajoy en España. Ollanta, Keiko en el Perú. Berlusconi en Italia. Chávez, Morales, Castro.
Radicales de todas las religiones:

¿Creéis en las personas? ¿O créeis en vuestra persona? No, no es lo mismo.

¡Viva el Partido del Sentido Común!

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Pucha, Claudio

Pucha es una expresión que se utiliza mucho en Perú y en otros países latinoamericanos. Su significado varía en función del país. En Perú, se utiliza para encabezar una queja o lamento. (Por ejemplo ¡Pucha, qué tarde viniste!)

No suelo llorar las muertes, sólo unas pocas. Creo que es porque las doy por amortizadas, ya sabemos que vamos a morir, para qué llorar. La muerte es, como dice Steve Jobs, un gran invento, es el que permite la renovación de la especie y es universal. En la muerte todos somos iguales, cosa que no ocurre ni siquiera en el nacimiento.

Suelo, en cambio, llorar mucho. Lloro cuando veo y vivo amor, amor generoso que una persona le ofrece a otra. Lloro cuando percibo cariño, generosidad, devoción. Lloro por lo que prácticamente nadie lloraría. Lloro con cualquier película o viendo a un cantante aclamado incondicionalmente por su público. Lloro en el teatro, con una conversación. Lloro por todo, aunque casi no lloro a la muerte.

Pucha, Claudio. No nos despedimos. Y sabes bien que me hubiera gustado hacerlo. Me jodiste y lloro. No, no porque te hayas muerto sino porque no pudimos seguir conversando, porque dejamos a medias esa conversación que no olvidaré jamás, mientras la memoria me acompañe.

Pucha, Claudio. No conozco más que a personas que dicen cosas buenas de ti. ¿Leíste lo que escribió Marina? ¡Qué bien te describió!: “cuantos trabajamos con él aprendimos como se instrumenta el difícil arte de la conciliación y la atemperación”. Sé que estarás orgulloso cuando veas que tantos te echamos de menos, aunque bien te gustaría quitarle hierro al asunto y reírte para tranquilizarnos.

Pucha, Claudio. Quizás te pasaste de leal, aunque en estos tiempos eso resulte una infrecuente contradicción. ¿No crees?

Pucha, Claudio. Debes saber que no te olvidaré, porque te quiero.

Claudio Martínez fue Director de Marketing de la SER. Pero sobretodo y ante todo fue una gran persona. Un ser querido. Supongo que debió ser también un excelente compañero para su mujer y un inolvidable padre para sus hijos.

Claudio era argentino y yo he vuelto del Perú ayer donde se respira mucho amor y mucho cariño. Sí, también lloré allí.

¡Viva el Partido del Sentido Común!

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