Felicidad


Hoy me pregunta mi hija ¿qué es la felicidad?

He empezado a divagar cuando ella me ha interrumpido y me ha dicho que ser feliz consiste en “estar cómodo” Ella ha completado su definición con la necesidad de “tener dinero para tener cosas que nos permitan alcanzar esa comodidad . No es textual, pero casi.

Todos, los cuatro que la acompañábamos en la mesa, nos hemos reído y la hemos convencido rápidamente sobre la inexacta correlación entre dinero y felicidad.

Yo le he puesto un ejemplo relacionado con la música y le he dicho que hay quiénes con un solo disco disfrutan constantemente de la música y quiénes teniendo 300.000 discos están agobiados por no tener uno que falta en su colección.

El sábado pasado tropecé en las ondas con Antonio Garrigues Walker siendo entrevistado en el programa “A vivir que son dos días” de la SER.

Él se postulaba como un firme defensor (decía que casi creador) del concepto del Happiness per capita. Y criticaba a aquellos que no teniendo razones para quejarse se quejan y amargan a los que les rodean.

Según Garrigues Walker lo más importante que debe perseguir un Gobierno es la felicidad de sus habitantes.

La felicidad es un estado subjetivo.

Garrigues dice que más de ochenta de cada cien españoles no tenemos razones para quejarnos y más bien razones para disfrutar lo que tenemos, aunque ahora tengamos menos que antes.

El domingo conocí a Luis Galindo en una conferencia que da en una fiesta de cumpleaños (otro día te hablo sobre el valor de la espontaneidad y el valor de la originalidad). Él califica nuestra sociedad como una sociedad enferma.

Luis Galindo dice que sigue maravillándose y en cierta manera sorprendiéndose por el éxito que tienen sus conferencias. Sus mensajes, dice, son los mismos que sus abuelos le transmitían cuando se trataba de enseñar a aprender a vivir a sus hijos y nietos.

Nuestra sociedad está mal, dice Luis, si estos mensajes de siempre suenan hoy como nuevos y terapeúticos.

Supongo que coincidirás con Luis y conmigo en el diagnóstico: estamos mal. Tanto Garrigues como Galindo hablan de la responsabilidad del individuo para pasar de la resignación a la ilusión, de la pasividad a actuar.

Y tienen razón. En ese intento, el de cambiar la visión del individuo, las más importantes empresas de nuestro país invirtieron treinta millones de euros para hacer esto: www.estosololoarreglamosentretodos.org. ¿Cómo es posible que ejecutivos con tanto poder conozcan a sus iguales tan mal?

Garrigues Walker y Galindo tienen tanta razón que no llego a entender cómo aquellos que pueden ayudar a los ciudadanos a cambiar su mirada y su forma de pensar para vivir mejor no dedican parte de su tiempo, inteligencia y dinero en tan loable objetivo.

Cuando escucho a Garrigues Walker y lo comparo con quienes lideran hoy nuestros partidos políticos veo una distancia tan enorme en conocimiento, saber estar, liderazgo que me hace lamentar mucho que aquella operación política (PRD), que sólo unos pocos votamos, no saliera adelante con éxito.

Lejos de decir lo que otros dirían, Garrigues Walker no se escuda en la poca inteligencia de los ciudadanos a la hora de no votarles, sino que reconoce los errores de aquella propuesta que no obtuvo ni un puñetero escaño.

Mi hija ha estudiado en el cole lo que es la felicidad y vino a la conferencia de Luis Galindo. Espero por su felicidad que vaya desprendiéndose de aquellos conceptos que han hecho que nuestra sociedad esté tan enferma. Yo le seguiré leyendo, hablando y llevándole a alguna conferencia.

La inercia es muy fuerte y hay que vencerla.

¡Viva el Partido del Sentido Común!

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Nosotros podemos

Hemos escuchado (tú, yo y muchos más) a unos cuantos políticos diciéndonos que no debemos preocuparnos.

Saldremos de la crisis, saldremos adelante, dicen.

Y la razón que nos dan es que “España es un gran país, que siempre hemos salido adelante” y acaban con un copión “Nosotros podemos”.

Nos tratan como alevines de un equipo de fútbol. Puedo imaginar a un entrenador de chavalines diciéndoles a sus jugadores que “nosotros podemos” sin enfatizar demasiado en la estrategia y sin utilizar pizarra para explicar qué deben hacer.

No me puedo imaginar, en cambio, a ningún director de una empresa reuniendo a sus subordinados ante la eventualidad de una situación adversa y diciéndoles: “No os preocupéis. Saldremos adelante, como siempre. Nosotros, podemos”.

Supongo que los subordinados se mirarían incrédulos y áquel que pudiera salir por piernas de la empresa, lo haría. El director no les merecería ningún crédito. Sí, quizás, alguna simpatía lastimera, compasiva.

No me imagino diciéndole a ninguno de mis hijos ante un posible suspenso “Tú, puedes”, sin indicarle ningún cambio en el hábito de estudio o en su actitud.

Si así lo hiciera, mi hijo me consideraría un bluff de padre y un voluntarista empedernido.

Nos hemos acostumbrado a las palabras vacuas y a convertir un slogan en el eje de la estrategia. Como si el “Nosotros podemos” encerrará en su seno a un mago al que pudiéramos pedir multitud de deseos.

Los ciudadanos entendemos más de lo que ellos se piensan. Y queremos, deseamos que ellos nos entiendan mejor a nosotros.

Mi amigo Angel dice que los políticos le resultan ajenos. No hay mejor manera de definirlos.

¡Viva el Partido del Sentido Común!

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Debemos estar fatal

No seré yo quien critique a Sara Carbonero por operarse el pecho.

En todo caso, me parece mal que nos tengamos que enterar que se ha operado. Supongo que lo único que lo justificaría sería un interés de la clínica donde se haya producido la intervención para poder captar nuevos clientes y clientas. Si fuera así, Carbonero habría ingresado dinero además de 250 gramos de teta en cada una de ellas.

Supongo que Carbonero ha decidido ponerse más tetas porque las que tenía le parecían que no estaban a la altura del resto de su cuerpo. Y esta insatisfacción le ha llevado al quirófano.

Si Carbonero asume el riesgo de ir al quirófano para ponerse pecho, es que debemos estar fatal.

No hubiera escrito sobre este particular si no hubiera sido porque hoy he visto a uno de los iconos sexuales de mi adolescencia.

Se trata de una señora que debe tener unos quince años más que yo y a la que con gusto hubiera gritado en mi adolescencia “si tú fueras mi madre, mi padre dormiría en la escalera”. Nunca lo hice porque vive demasiado cerca de casa de mis padres y es posible que no le hubiera hecho ninguna gracia a su marido.

Estoy seguro que a ella sí.

El caso es que esta señora se ha operado los labios y la belleza que se iba apagando de forma paulatina como consecuencia de la edad ha dado paso a un espectro muy desagradable a la vista.

Mi amigo Julio dice que él cree que la principal fuente de infelicidad de nuestros días son las desmedidas expectativas que nos creamos.

Carbonera, vecina, debemos estar fatal.

Melanie, estabas mucho más guapa antes. A pesar de tus labios finos. Deberías haber hecho caso a Julio y con lo buena que estabas no haberte creado más expectativas. Lo siento por ti y por Antonio. Yo por el momento no me voy a operar. Besos desde Madrid.

¡Viva el Partido del Sentido Común!

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Las mejores sonrisas

Caminaba con una amiga, Raquel, cuando un mendigo nos pidió que le ayudáramos. Pasamos de largo, mientras me echaba la mano al bolsillo para darle los cincuenta céntimos que me pedía.Me di media vuelta y se los puse en la mano.

¿Sueles dar? me preguntó mi amiga.

Sí, a menudo paso de largo y muchas veces vuelvo, la contesté.
Continué diciéndole: “Si tuviera la necesidad de pedir en la calle, no me gustaría nada que la gente pasara de largo sin hacerme caso. Y parto de la premisa que la mayoría de los que piden no lo hacen por vicio, sino por necesidad”.

Raquel, creo que te mentí.

El motivo por el que doy dinero a los que piden en la calle es porque ellos (los que piden) a menudo ofrecen las mejores sonrisas. Un regalo que me gusta mucho y me dan por poco dinero.

¿Por qué será que los que menos tienen son de los que mejor sonríen?

Hace unas pocas semanas le di unos euros a un acordeonista al que “le debía” algún dinero: había pasado en decenas de ocasiones por delante suyo sin darle nunca nada. Esas decenas de veces en las que él me regaló su música también me saludaba con una exquisita educación.

Cuando le di esos pocos euros me cogió de la mano y me agradeció mi insignificante gesto mientras me miraba fijamente a los ojos.

Dos días después cuando de nuevo caminaba por su zona y él seguía tocando su acordeón, regalando su música , me ofreció una de esas sonrisas que no se pueden olvidar a menos que uno sea un insensible.

No es la primera persona a la que admiro o envidio por su capacidad de sonreir.

Hubo una parte en mi vida de la que personalmente me siento satisfecho de forma inversamente proporcional a mi supuestamente éxito profesional (ganaba bastante dinero y tenía un buen puesto de trabajo).

Durante esa época, recuerdo que le confesé a mi jefe que yo admiraba a aquellos que teniendo mucho menos que yo eran capaces de reír y parecer bastante más despreocupados y serenos de lo que yo estaba. Le dije, “no entiendo cómo puede ser…”

Mi jefe empezó a reírse, más bien a decojonarse de mí y me dijo que yo tenía un severo complejo de superioridad.

En ese momento no le supe entender a pesar que el diagnóstico era bien preciso.

Lo que creo que está claro es que aquellos que menos tienen y mejor sonríen son definitivamente superiores. Y no parece ser que tengan complejos.

La canción de Phil Collins, Another day in paradise quizás pueda inspirar a aquellos que aún pasan de largo y se pierden las mejores sonrisas.

¡Viva el Partido del Sentido Común!

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Ecléctico

Conozco a personas que prefieren escuchar lo peor del rock antes que escuchar una pieza de música clásica. Su argumento es que “sólo les gusta el rock”.

A quiénes nos gustan rubias, morenas, altas y bajas, con el pelo rizado y liso, con más y menos pecho, también nos gusta la buena música. El único criterio es que sea buena, no nos importa cual sea el estilo musical, lo que valoramos es la armonía y el efecto terapeútico que la música ejerce en nosotros.

Conozco a personas que han decidido que sólo les gustan rubias y su fanatismo les impide disfrutar de las morenas, castañas y pelirrojas por simpáticas que estas sean.

Hay quién es, incluso, capaz de tomarse un soso arroz blanco de grano largo antes que una rica paella de mariscos de otro tipo de grano porque sólo les gusta el primero de los granos.

Lo mismo pasa con las ideas. Hay quiénes han decidido que son liberales, social demócratas, comunistas, conservadores, laboristas y saben cuáles son sus ideas independientemente de las calidad de las mismas.

Hay quien cree que la fidelidad de por vida a sus ideas es un activo de su personalidad. Tampoco importa la calidad de las ideas, lo importante es que son “sus ideas”, no porque las haya parido sino porque se ha apropiado de ellas.

He sufrido recientemente el duro castigo de un ministro (Ramón Jaúregui) ofreciendo un discurso insoportable basado en vender sus ideas al auditorio (por discreción omitiré cual) sin tener en cuenta a quién estaba hablando.

Y percibí que al ministro sería imposible convencerle con una buena idea porque él ya tenía sus ideas – por malas que fueran – y no pensaba desprenderse de ellas.

En el Partido del Sentido Común nos gustan el eclecticismo (Escuela filosófica que procura conciliar las doctrinas que parecen mejores o más verosímiles, aunque procedan de diversos sistemas).

A los que nos representan no. No importa que las ideas sean mejores o más verosímiles, lo único que importa para ellos es el sistema de donde procedan, el suyo.

¡Viva el Partido del Sentido Común!

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