Engaño

engaño

Lo reconozco, he sido colaborador necesario para un engaño.

El fin de semana pasado me fui de viaje a una de las sierras alicantinas de las que hasta el momento no tenía noticia. Gran descubrimiento, fabulosa combinación de pueblos, paseos por el monte y playa. Estoy moreno, en dos palabras, impresionante.

A pesar de estar de vacaciones y tener aparcadas mis preocupaciones, me he visto envuelto en una pequeña corruptela de la que he sido – ya te lo he dicho – lo confieso, colaborador necesario.

Sirva esta explicación pública como acto de contrición. Entraba en un museo de uno de esos pueblos levantinos cuando se produjeron los hechos que quiero relatarte. La entrada cuesta a 1,5 €. El portero me pide el importe de dos entradas mientras sólo me entrega físicamente una de ellas. La trampa está servida. Consciente del objetivo del portero (supongo que lo pillas y no es necesaria mi explicación) simpatizo con él, y no sólo no le reclamo la segunda entrada, peor aún, ni siquiera recojo la primera. ¡Tres euracos al bolsillo!

Lamentable. Menos mal que en otras tentaciones mayores que se me presentaron, tuve la lucidez suficiente para rechazarlas y actuar diligentemente.

El portero ha optado por no respetar las más simples reglas del juego y seguro que se lo lleva crudo. No será difícil que consiga un 50% más de lo que su sueldo oficial le ofrece, todo gracias a estas triquiñuelas y cómplices como servidor. Es posible que piense que es más listo que nadie y que su círculo de amistades piense que es un tipo genial.

No le culpo, el que no pilla hoy en día es percibido como un gilipollas. Conozco a algunos personajes que tienen muchas cosas y mucho dinero porque se han comportado irregularmente. Lo más curioso es que perviven en sus puestos y siguen corrompiendo las más mínimas reglas éticas con el conocimiento de su entorno, supongo que también de sus jefes.

Hoy me decía una guapísima jerezana que en su pueblo decir que uno es pobre está mal visto. Aprovecho este chascarrillo de buen humor andaluz para llevarlo al terreno de la literalidad. Los que tienen mucho – no importa cómo lo consiguieron – son los que lo han hecho bien, son los buenos de la peli. Los que tienen poco son unos cornudos apaleados, los malos.

Perdona el maniqueísmo, pero me temo que lo veo así y que soy uno más de los que participa de esta horrible percepción.

Me queda la esperanza de estar educando a mis hijos para que mejoren este prejuicioso y pobre pensamiento.

Es muy conveniente que el engaño no se perpetúe, deje de estar de moda y quienes tienen que servir de ejemplo empiecen a darlo. Confieso que lo veo difícil, perdón imposible.

¡Viva el Partido del Sentido Común!

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Categoría: General

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