Pesimismo. Viva Perú.

astrid

Tuve la suerte de estar el otro día en una reunión con personas interesantes, inteligentes. Su inteligencia y éxito profesional no es incompatible con su bondad, educación.., bien al contrario las personas con las que me reuní estaban llenos de buen sentido del humor fruto de su aparente tranquilidad consigo mismos. O eso me pareció.

Durante la comida, Luis María Huete (no le conocía de antes y me impresionó), preguntó al resto de comensales sobre la situación económica. Me atreví a opinar e hice observar que aún sabiendo de la importancia de los datos macroeconómicos y las medidas legislativas que puedan aplicarse para ayudar a salir de la crisis, jamás saldremos de nuestras crisis si no tenemos puesto el foco en hacer las cosas bien.

Si la administración, las empresas y las personas nos levantamos por las mañanas con las ganas de satisfacer a los ciudadanos, clientes, usuarios, familia y con el empeño de hacer las cosas bien, es difícil que tanta inteligencia puesta en una dirección tan loable no nos saque de la crisis económica y de la crisis individual, filosófica, de rumbo que vive nuestra sociedad.

Estoy en Lima. Aquí hay muchos más pobres que en España. Hay mucho más tráfico que en Madrid. Hay peores carreteras y se pagan errores del pasado.

Pero aquí en Lima las empresas de servicios (hoteles, restaurantes, escuelas de negocios (gracias Esán), taxis, bancos, gimnasios) tienen una clara orientación al cliente y están pensados en darte satisfacción mientras ellos la sienten por producírtela. O al menos yo lo percibo así.

Aquí en Lima vas a la Alcaldía de Miraflores (un distrito de Lima) y los funcionarios trabajan por las tardes y la señorita de recepción está orgullosa y encantada de enseñarte las oficinas y ofrecerte todo lo que sabe para que te lleves una buena impresión.

Aquí en Lima vas a Tanta (una de las marcas que han creado Astrid y Gastón, los dos cocineros peruanos más renombrados e importantes) y encima tengo la suerte de que esté Astrid – de origen alemán, pero de buen rollo peruano. Es la que está en la foto -. Entiendes por qué eso es imposible que su negocio no funcione bien, y esté lleno de gente satisfecha y tengan restaurantes en ocho países. Todo (decoración, servicio, comida) es excelente.

Los que nos representan jamás hablan de esto. No hacen nada por hacer que en España se instaure e interioricemos el orgullo de hacer bien las cosas. ¿A qué – con perdón – leches se dedican?

Lo primero es lo primero y lo segundo viene después.

¡Viva el Partido del Sentido Común!

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Sentido

sentido

He aquí a cualquier emprendedor con una idea útil y supuestamente brillante. Este emprendedor tiene las ideas claras, le mueve conseguir fabricar algo, prestar un servicio. Conseguir poner en marcha su proyecto le tiene encandilado, apasionado. No importan las horas dedicadas, las horas de sueño robadas, los fines de semana trabajados. Su expresión está llena de vitalidad, plenitud, su ilusión es tener clientes o usuarios satisfechos, hacerles la vida más cómoda y fácil. Este emprendedor no piensa en el dinero, supone que si hace las cosas bien, la recompensa económica llegará.

Tanta pasión ha dado su fruto. El emprendedor ha tenido que contratar a algunos empleados y después de dos años un capital riesgo ha confiado en él y le ha permitido afrontar nuevas inversiones que harán ampliar su gama de productos y sus clientes. Sus nuevos socios le han pedido crecimientos de dos dígitos.

Han pasado cinco años. Nuestro emprendedor ya no habla de clientes, habla de circulantes, fondos de maniobra, ebitdas y estados de orígenes y aplicaciones de fondo. Su sueño es otro: ganar más dinero para dejar de trabajar lo antes posible. Que alguien venga y le compre la empresa. Dios mío, qué suplicio.

He aquí a un joven estudiante que quiere que nuestra sociedad sea mejor. Cree que la política es el instrumento adecuado para participar en ese objetivo. Sabe que nunca será rico – la política está mal pagada – , pero su objetivo – procurar el bienestar de los demás – es suficientemente importante y gratificante como para aceptar esa renuncia.

Pasan los años. Nuestro ya no tan joven político tiene un escaño en el Congreso y aspira a un buen cargo público. Lo tiene que conseguir como sea. Está cansado de tanto pelota que viene a su despacho pidiéndole favores. Los ciudadanos son unos gorrones que creen que ser un cargo público significa tener que atenderles. Está cansado de dar para nunca recibir. Ha llegado a la conclusión que él también merece vivir mejor. Es injusto que los políticos que manejan tanto presupuesto ganen menos que el Presidente de la constructora.

He aquí a un joven estudiante de Derecho. Consigue acabar la carrera y oposita para juez. Después de dos intentos, consigue aprobar la oposición. Desde pequeño supo que la administración de la justicia era un asunto maravilloso, que permitía que la sociedad funcionara correctamente, nos hace libres. Se juró que siempre sería independiente y que jamás nada ni nadie le influirían en su trabajo y sus decisiones.
Años después el juez no pensaba en la justicia como un instrumento de servicio a los ciudadanos. Eso lo deja para los recién llegados que tanta ilusión desprenden. Ya verán que esto no es lo que parecía.

Y héte aquí al periodista que estudió la carrera para hacer llegar la verdad a sus lectores ¿Qué fue de él?

Las ilusiones que tanto consiguieron quedaron abandonadas por el camino. Los motivos que daban razón a nuestra existencia desaparecieron. Recordamos con melancolía aquellos días en los que no había para copas pero había un sentido claro, rotundo en lo que hacíamos.

Hay jóvenes de 50, 60, 70 años que siguen siendo fieles a sí mismos.

Son gente de Sentido Común.

¡Viva el Partido del Sentido Común!

Aprovecho para compartir un vídeo de Guy Kawasaki que algo tiene que ver con esto.

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Engaño

engaño

Lo reconozco, he sido colaborador necesario para un engaño.

El fin de semana pasado me fui de viaje a una de las sierras alicantinas de las que hasta el momento no tenía noticia. Gran descubrimiento, fabulosa combinación de pueblos, paseos por el monte y playa. Estoy moreno, en dos palabras, impresionante.

A pesar de estar de vacaciones y tener aparcadas mis preocupaciones, me he visto envuelto en una pequeña corruptela de la que he sido – ya te lo he dicho – lo confieso, colaborador necesario.

Sirva esta explicación pública como acto de contrición. Entraba en un museo de uno de esos pueblos levantinos cuando se produjeron los hechos que quiero relatarte. La entrada cuesta a 1,5 €. El portero me pide el importe de dos entradas mientras sólo me entrega físicamente una de ellas. La trampa está servida. Consciente del objetivo del portero (supongo que lo pillas y no es necesaria mi explicación) simpatizo con él, y no sólo no le reclamo la segunda entrada, peor aún, ni siquiera recojo la primera. ¡Tres euracos al bolsillo!

Lamentable. Menos mal que en otras tentaciones mayores que se me presentaron, tuve la lucidez suficiente para rechazarlas y actuar diligentemente.

El portero ha optado por no respetar las más simples reglas del juego y seguro que se lo lleva crudo. No será difícil que consiga un 50% más de lo que su sueldo oficial le ofrece, todo gracias a estas triquiñuelas y cómplices como servidor. Es posible que piense que es más listo que nadie y que su círculo de amistades piense que es un tipo genial.

No le culpo, el que no pilla hoy en día es percibido como un gilipollas. Conozco a algunos personajes que tienen muchas cosas y mucho dinero porque se han comportado irregularmente. Lo más curioso es que perviven en sus puestos y siguen corrompiendo las más mínimas reglas éticas con el conocimiento de su entorno, supongo que también de sus jefes.

Hoy me decía una guapísima jerezana que en su pueblo decir que uno es pobre está mal visto. Aprovecho este chascarrillo de buen humor andaluz para llevarlo al terreno de la literalidad. Los que tienen mucho – no importa cómo lo consiguieron – son los que lo han hecho bien, son los buenos de la peli. Los que tienen poco son unos cornudos apaleados, los malos.

Perdona el maniqueísmo, pero me temo que lo veo así y que soy uno más de los que participa de esta horrible percepción.

Me queda la esperanza de estar educando a mis hijos para que mejoren este prejuicioso y pobre pensamiento.

Es muy conveniente que el engaño no se perpetúe, deje de estar de moda y quienes tienen que servir de ejemplo empiecen a darlo. Confieso que lo veo difícil, perdón imposible.

¡Viva el Partido del Sentido Común!

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Promesas

promesas

Mi amiga María me ha contado una anécdota que bien puede reflejar alguna característica fundamental de quiénes nos representan.

Te cuento la anécdota: mi amiga, militante por aquel entonces del PSOE, se acercó, tras un mitín en su pueblo, al candidato a Presidente de Gobierno José Borrell y le pidió que le prometiera que la Universidad pública iba a ser gratuita. Borrell la miró fijamente a los ojos antes de subirse al coche oficial y le contestó: “Te lo prometo”.

Mi amiga María se creyó la promesa de Borrell y me la contó el otro día al hilo del desastre que está pasando y la necesidad de un Partido del Sentido Común. María me dijo: “Al menos con Borrell hubiéramos tenido Universidad gratuita, él me lo prometió″. No trato de valorar si la petición era conveniente o no, eso no es lo que ahora importa.

No le falta razón a aquel que quiera tachar de ingenua a mi amiga. Y tampoco le falta razón a mi amiga por creerse al candidato que le mira sincera, fijamente a los ojos mientras sin asomo de duda en su voz le responde con un contundente “Te lo prometo” a su clara petición.

Prometer es difícil, muy difícil si se va a cumplir. Prometer significa adquirir un compromiso. Las promesas que se van a cumplir son estudiadas previamente y el que esa intención tiene – la de cumplir – prefiere hacer esperar al que le pide una promesa antes que prometer en falso.

O prometer es fácil, tan fácil como hablar o escribir, ya se sabe que la promesa no se va a cumplir. Prometer significa entonces ilusionar, es decir provocar en el interlocutor una especie de espejismo momentáneo que le producirá una supuesta felicidad etérea porque nunca habrá nada de concreto, de tangible en la promesa.

Borrell y otros muchos más, de un lado y de otro son capaces de prometer para sacarse de cada mitín o reunión unos votos o alejar la crítica por el desatino, la incapacidad o la corrupción. Los que prometen para no cumplir suelen además haber practicado mucho una mirada penetrante y supuestamente sincera a pesar de ir cargada de mentira. Quizás en el momento de prometer incluso ellos mismos se lo creen, como grandes actores que son.

En el Partido del Sentido Común prometeremos para cumplir. No puede haber otro tipo de promesas que aquellas que se lleven a cabo y sean más sólidas que unas pocas palabras que se las lleva el viento.

Porque en caso contrario es mejor no prometer y hacer uso de la sabiduría: uno es esclavo de sus palabras y dueño de sus silencios. Lamentablemente este breve e inteligente aforismo es desconocido para la gran mayoría de los que nos representan.

¡Viva el Partido del Sentido Común!

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¿Valor al accionista?

accionista

Rechazo a los que convierten en su mantra empresarial aquello de “debemos hacerlo porque da valor al accionista”. El que normalmente dice eso es un jefe que ha escuchado esta breve alocución y la repite como si fuera un invento suyo. Crear valor para el accionista se ha convertido en su leit motiv y considera que detrás de esas cinco palabras se encuentra la misma esencia de nuestra existencia.

Al accionista no lo conoce nadie y menos este tipejo que no para de repetir que hay que hacer las cosas porque dan valor al accionista. Los accionistas están normalmente detrás de complicados entramados financieros de fondos de inversión de los que sólo se sabe que tienen mucha pasta y que quieren buenos resultados y pocos problemas, como todo hijo de vecino que maneje el excel como principal herramienta de trabajo.

Muchos de los que se refugian en eso de crear valor al accionista, trabajan en grandes empresas, cotizadas en Bolsa donde es corriente aprenderse unas cuantas frases que forman parte de lo que llaman la cultura organizacional y que traducido al castellano es hablar como el jefe porque lo contrario es ir contra él.

Juan Carlos Cubeiro (http://jccubeirojc.blogspot.com/), habla de liberar el talento como la fuente para mejorar la productividad de las empresas y la felicidad de las personas. Conseguir que las personas seamos capaces de dar lo mejor de si mismas parece un objetivo de puro sentido común. Pero los mantras tipo “crear valor al accionista” crean
una barrera insalvable e impiden lograr ese objetivo. Parece que en vez de querer liberar el talento se tratara de estabular al personal.

He tenido la suerte de volver a trabajar como consultor para algunas empresas familiares en las que se conoce bien quien es el accionista porque va todos los días a trabajar y tiene metido en la empresa todo lo que es suyo y lo que le han prestado los bancos. No puedo imaginarme a algún directivo de estas empresas familiares o al propio accionista diciéndole a uno de sus empleados o colaboradores “debemos crear valor para el accionista”. Estas empresas sólo piensan en hacer las cosas bien para sus clientes. Quizás sea porque eso es de verdad crear valor para el accionista.

Análogamente, los que dicen que nos representan supongo que también tienen entre sus objetivos crear valor para el accionista. Lo curioso es que han sufrido una esquizofrenia aguda y confunden la personalidad del accionista (los ciudadanos) con su propia personalidad (el partido). Acaban trabajando sólo para los que ellos consideran que son accionistas – ellos mismos – mientras que los que se supone que teníamos las acciones les observamos atónitos y ciertamente muy jodidos.

¡Viva el Partido del Sentido Común!

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“También esto pasará”

mandarin
Le he confesado a la madre de mis hijos que acabo de darme cuenta que voy camino de los 50, me faltan tres años y unos meses. Ella me ha mirado sorprendida como si yo tuviera algún problema, que seguro que también.

Cuando tienes 30 y pico y no digamos veintitantos, estás seguro que cuando esa edad llegue, la de los 50, todo estará resuelto. Crees que los que curran a esa edad son unos pringaos, que no lo han hecho bien y merecen ese horrible castigo: el de seguir trabajando.

Leo en un fantástico, entretenido, enternecedor y profundo libro de Nativel Preciado titulado Camino de hierro que un viejo mandarín mandó grabar en un sello la frase “También esto pasará” para regalárselo a un futuro príncipe. Le sugirió que lo leyera en los momentos difíciles, pero sobretodo lo tuviera cuando la vida le sonriera, porque las mayores crisis surgen por lo que se tiene, más que por lo que se es.

Eso me ha hecho recordar esa etapa de los 35 en la que creo, visto ahora desde la distancia, que sufrí una crisis por lo que tuve más que por lo que soy.

Como le ocurre a mi amigo Manu, ahora no le tengo ningún apego a lo poco que tengo, o eso creo (si quizás me lo quitaran o despareciera lamentaría no tenerlo. No lo sé). Y espero y deseo con todas mis fuerzas que esto que ahora vivo no se pase nunca: que tenga ganas y oportunidad de currar hasta que me muera y el buen humor sea el que se presente casi todos los días, que no tenga grandes expectativas más que vivir cada día.

Dice Naguib Mahfuz “Trabaja en este mundo como si fueras a vivir eternamente y trabaja para la otra vida como si fueras a morir mañana”.

Es horrible estar dándole vueltas a la cabeza a cosas sin sentido y plantearse objetivos más allá del más inmediato presente. Como dice el Swami del centro de yoga al que voy, hay que vivir el aquí y el ahora. Y esto lo añado yo: dejémonos de leches.

Son pensamientos sencillos, pero que una vez interiorizados hacen la vida mucho más placentera a uno y a los que le rodean.
Por eso, proponemos la creación de un Ministerio de Aprender a Vivir. Para que vivamos mejor.

¡Viva el Partido del Sentido Común!

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Conjunto vacío

conjunto vacio

He tenido la oportunidad de asisitir a algún centenar de presentaciones de trabajos de alumnos de máster universitario. Mi condición de profesor me lo ha permitido.

Hace tiempo que no veía uno de esos trabajos, pero un amigo me insistió que mirara el trabajo de un conocido. Después de tener que escuchar la presentación llegué a una triste conclusión: el conjunto vacío se está apoderando de nosotros.

El encargo del profesor era hacer un plan de negocio sobre una empresa inventada. El trabajo era un conjunto de frases muy elocuentes (misión, valores, protección del medio ambiente, diferenciación, humano….), pero lamentablemente no había una sola idea que reclamara mi atención. Y prometo que estaba muy predispuesto a ser impactado, el alumno es muy brillante e inteligente.

El trabajo fue valorado con un 10, fue el mejor de la clase.

Supongo que si es así es porque el jurado, compuesto por profesores universitarios, recibió lo que esperaba y el trabajo del alumno respondía a sus indicaciones.

La presentación de este alumno me recordó a otras muchas que veo cuando alguien viene a venderme sus servicios. Es más que posible, que a mi me ocurra lo mismo. Bla, bla, chao, chao, me oigo a mi mismo. Puro onanismo intelectual.

Miles de alumnos harán trabajos parecidos a este y serán aplaudidos por el profesor al que el rigor le parece incompatible con la creatividad. De estos barros tendrán que llegar lodos espesos como las supuestas ideas de algunos que seguro que ves por la tele o en Internet.

Más concreción. Más ideas. Menos vacuidad.
Más sentido común.

¡Viva el Partido del Sentido Común!

P.D.: Al alumno le hice saber mi opinión. Obviamente, no le culpé a él, sino a quienes le sugirieron cómo hacer el trabajo.

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