Fatalismo geográfico

Supongo, solamente supongo, que las fronteras son tan necesarias como sé que son arbitrarias. Nos hemos acostumbrado a las fronteras: cada territorio está bien delimitado y los habitantes sienten que su identidad está asociada al mismo.

Son los que mandan sobre los pueblos, los que les dicen a sus súbditos que su territorio o identidad está en peligro y que hay que atacar a otros para expandirse. Lo mismo sirve para unos límites geográficos como para un pensamiento religioso. En cualquier caso, tanto la frontera geográfica como la religiosa es arbitraria: es así como bien podría ser de otra manera.

Lo curioso es que el hecho de que nazcamos en un sitio o en otro lo convertimos en parte de nuestro patrimonio, lo metemos en nuestro activo o pasivo (depende dónde hayas nacido). Los que han nacido en un sitio rico dicen que ese cacho de espacio es suyo, los que nacieron en un sitio pobre, les gustaría decirles a los ricos que deberían darse cuenta que allí donde ellos nacieron las cosas están muy mal y que, por favor, hagan un hueco o pasen un poco de su fortuna. Me temo que es un asunto muy complicado y que mientras los ricos no se hagan responsables de su condición, las cosas pintan mal.

Nacer en Haití o en Tanzania es muy diferente que nacer en España o en Japón. Es una cuestión de suerte: es puro fatalismo geográfico.

Hay quien se olvida de que no ha hecho nada para merecer haber nacido en un sitio en otro. Hay quien se olvida que la frontera es pura arbitrariedad y que la identidad está en las personas, en la propia indisolubilidad del ser humano. Que la identidad del pueblo es propia de las manadas. Siempre hay suficientes pastores dispuestos a dirigir a rebaños.

Cuando era adolescente jugaba de tanto en cuando con una chica al tenis. Dejé de jugar con ella porque me dio asco. Fue el día que tras nuestro partido de tenis volvíamos en coche por un barrio más desfavorecido del que en el que nosotros vivíamos y me dijo refiriéndose despectivamente a unos chavales como nosotros: “mírales, para que después digan que no hay clases”. Su frase desprendía superioridad, la del dinero de sus padres.

Ella forma disciplinadamente de parte de un rebaño y jamás entenderá que es eso del fatalismo geográfico. No le interesa.

¡Viva el Partido del Sentido Común!

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Categoría: General